El chocolate con bollos en día de la Primera Comunión y los altares del Corpus

El chocolate con bollos que el día de la Primera Comunión nos dieron a los comulgantes en la Escuela de D. Paco (admirada María Sorroche: Era el Paquito de Don Elías que citas en tus Historias tan interesantes y que sin duda habrían encantado a mi madre, Justica la del tío Juan Cruz que seguramente compartió contigo la Escuela de Dª Paca), ese chocolate –digo- es (¡para qué negarlo!) mi recuerdo imborrable de esa fecha; mi madurez no daba para otros conceptos más trascendentes. Añadamos también que la estrechez económica no nos permitía a algunos "abusar" de esos placeres. Algo nos llegaba cuando nuestras madres daban a luz a algún hermano menor y las vecinas bondadosas les ayudaban a recuperarse con el consabido caldo de gallina y las pastillas de chocolate que, obviamente, recuperaban en mayor medida a los hermanos mayores. Ni punto de comparación tiene con los festines que se organizan so pretexto de las comuniones actuales. ¿Y el álbum de fotos? Recuerdo que seguramente para salir del paso mi tío Pepe (hermano de mi madre) me colocó el día del Corpus, al salir de la iglesia, en el altar que se montaba entonces (ahora no sé) al pié de la cuesta de la Umbría y me hizo con su Kodak alguna foto que nunca he visto: o salieron mal o no llevaba carrete suficiente (la penuria era la moneda corriente).

Como el domingo próximo es, por caprichos del azar, "jueves" de Corpus Christi, os cuelgo la foto de uno de los artísticos altares que solíamos hacer a todo lo largo de la carrera de la Procesión, con el entusiasmo del vecindario volcado en la decoración de las calles y plazoletas Éste que veis corresponde al callejón donde está el cañillo de la Umbría, justo enfrente de donde Josefilla la Ratona (apellidos Camenforte) tenía su taller de costura y donde me ponía por las noches –año 60- Radio Pirenaica el tío Pedro la Vega (sus pacíficas vacas al pasar por detrás de las casas camino de las cuadras causaban terror a los niños que estábamos en la fábrica de gaseosas de los Cantariles cuyas botellas usaban unas preciadísimas bolas cristalinas); por el estilo debe corresponder aproximadamente al año 64; recuerdo que nos llenó de satisfacción que D. Miguel Zubeldia (la autoridad artística –y en todo género del pensamiento- sin duda entonces en el pueblo) al pasar, como era costumbre por entonces, para ver los altares se detuvo observándolo con detenimiento. ¡Y qué bien lucían, adornadas las paredes con ramas verdes de reciente primavera de los chopos del Nogueral y otros árboles (se nota que no los recuerdo), los balcones pobre pero gustosamente engalanados! ¡Y qué bien sonaba la Banda de Música tocando el "cantemos al amor de mis amores"!

Son recuerdos nostálgicos (palabra que significa etimológicamente "dolor por la ausencia") que nos vienen al hilo del almanaque.

Abrazos de Paco Cánovas


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