Mi abuelita: Encarnación Pozo Domene (1921)

Encarnación Pozo Domene "La Mamachón", foto de 1909

Mi madre

Después de la muerte de Juan nuestro padre en 1918 la vida se organizó alrededor de los cinco hijos y de la abuela.

Paco, el hermano mayor, con 14 años, estaba imposibilitado y andaba con muletas resultado de la poliomielitis que tuvo cuando era un bebé. Pero era inteligente y reflexivo y más tarde supe que él ayudó mucho a mamá para organizar las tareas de la casa pues éramos siete personas a vivir. Ella y Paco se ocuparon de lo que se refiere a las tierras y todo lo que fue necesario para poder subsistir.

A pesar de la ausencia de nuestro padre la casa siguió adelante y nuestra infancia de los tres más jóvenes fue feliz pues la abuelita se puede decir que nos cogió bajo sus alas.

Digo esto por que lo supe más tarde, la muerte de mi padre fue para mi madre una tragedia. Se amaron desde muy jóvenes y el golpe resultó muy duro, quedarse sin su presencia y con cinco hijos a educar. La vida fue para ella como si no existiese, se encerró en su dolor, se vistió de riguroso luto...

Mi Madre, seguramente en 1900-1902

La abuela nos cuidó, nos riñó y nos mimó. Todos los nietos la adoraban nosotros y los hijos de la tía Dolores Sorroche Pozo (hermana de mi madre) que siempre estaban en casa. Todos la llamábamos "Mamachón". Yo aún me acuerdo que en esa época también a los niños los vestían de luto o medio luto. A Rogelio que era un bebé lo vistieron con un delantal con cuadritos blancos y negros igual que a mí.

En la casa se reía poco, la alegría desertó y suerte de la abuela que muchas veces incluso a mamá le solía decir: "no seas tan seria, son niños y muy chiquitos, necesitan expansionarse".

Todo esto está hoy día muy alejado, me acuerdo más bien de algunas cosas, por ejemplo yo debía tener unos siete años y una de mis tías, Herminia, la mujer de mi tío Rogelio "Patitas" vino a reñir a mamá.

Fue por el siguiente caso. Había en Serón entonces, quizás hoy también, la costumbre de celebrar ciertas fiestas, Navidad, Semana Santa y la Virgen de la Cabeza. Para estas fiestas en todas las casas se hacían tortas, mantecados, bollos, rosquillos y mi madre sacó todas esas festividades de su casa.

Mi tía le dijo:

-"Eso que tú haces no está bien, privas a tus hijos de esas dulzuras que ellos ven en manos de los otros niños. Reflexiona y piensa si a Juan le gustaría que sus hijos se priven y tengan envidia de los otros niños".

Mi madre aprovechó la lección y a partir de entonces tuvimos las fiestas normales.

De esos recuerdos que afluyen en mi mente de vez en cuando parece que aún siento el aroma de las buenas cosas que se hacían para esos días tan señalados.

Como el pan que se amasaba en casa cada ocho o diez días. Nos hacían un bollito con aceite y azúcar para cada uno y dos tortas grandes de bizcocho para toda la familia que se solían comer por la mañana en el desayuno matinal con el café con leche.

Después de casi tres años y medio la vida en lo que se refería a nosotros los pequeños cambió. No para nuestra madre que cuanto más pasaba el tiempo, más se apartaba de toda distracción. Ella vivía para nosotros y por nosotros, pues tuvo que luchar mucho, con lo que tenían, para sacarnos adelante. Pero era difícil el acercarse a ella para obtener un beso o una caricia.

Con las tierras tuvo que buscar jornaleros y Paco era él que decía: mamá mañana se tiene que sembrar o recoger, a preparar la tierra para la siguiente cosecha. Era él que tenía más contacto con ella y quizás por su invalidez él que estaba más cerca de su corazón.

Querer nos quiso mucho a todos pero con mucha severidad que te retenía, el buscar su calor te resultaba duro.

En 1924, antes del primer exilio en Lyón


Mi abuela, 1921

La "Mamachón", nombre que todos dábamos a la abuelita (su nombre era Encarnación) nos daba todo lo que nos faltaba de ternura y que necesitábamos. (Ver nota)

Ella se ocupaba, además de nosotros, de todas las cosas que había que hacer fuera de casa, las visitas a sus familiares, ella estaba emparentada con las principales familias del pueblo, los Pozo eran la flor y nata en aquella época. A esas visitas me llevaba siempre con ella y recuerdo las grandes salas con chimenea de mármol blanco y los grandes jarrones. Siempre la recibían con cariño y respeto. Ellos hablaban y yo jugueteaba o bien me iba a la cocina con la moza, donde siempre había alguna "golosina" para mí.

También se encargaba la abuelita de hablar con los jornaleros, ir a pagar las contribuciones, ver a los medieros, la gente que tenían algunas de nuestras tierras a medias.

Yo siempre con ella y cuando íbamos a unas tierras que llamaron "La Vega" y que estaban lejos del pueblo, le pasaba el brazo por su cintura y ella, si el tiempo estaba frío, me envolvía con su mantón y yo caminaba casi a ciegas, guiada por sus pasos. Eran momentos esperados por mí, pues en ese silencio y rodeada de su calor me sentía feliz y querida.

Ella me contaba cuentos y hechos de tiempos pasados y otros de brujas que me daban miedo. Uno decía:

-"Las que vienen volando son de Orihuela, y la que toca el pandero, de Villanueva". No puedo acordarme la totalidad, yo tenía 6 ó 7 años.

Las mujeres mayores tenían una manera de vestir tan diferente de hoy. Llevaban varios refajos o faldas y entre ellas se ponían, atada a la cintura, una bolsa llamada "faltriquera" donde solían llevar toda clase de cosas necesarias como, por ejemplo, un alfiletero con hilo, agujas de coser, un dedal, el rosario, un pañuelo y tantas cosas que a mí me encantaban, higos secos, almendras mollares, de esas que se parten fácilmente pues la cáscara es blanda, algún caramelo y a mí me parecía un sueño ir con la abuelita, pues era su compañía dulce y calurosa, y después que me asustaba con los cuentos de brujas y bandoleros, me decía no tengas miedo que son cuentos y mientras estés conmigo no te ocurrirá nada y ahora ven, nos sentaremos en aquel puente y te daré algo de la faltriquera.

Yo sabía que ella también esperaba ese momento, era mayor y aún faltaba buen rato hasta la Vega, así que descansando ella, y yo comiendo la golosina, mirando el paisaje…

Paisaje que entonces lo miraba como algo a lo que estaba acostumbrada, y no sentía su aridez y belleza.



Cuando cogíamos la carretera era un largo paseo, se bajaba a la cuesta primera y se pasaba delante de la torre del maestro de música y luego otra que terminaba en la venta del tío Alfredo, primo de mi papá. Allí empezaba la carretera que venía de Purchena, Macael y Tíjola. Desde ahí todo era llano, pasábamos por otras casas más bien pequeñas propiedades, la de los Yélamos también algo parientes, la de los Cuadrados y enfrente el cementerio, donde también había que subir una cuesta. Pero nosotras seguíamos nuestro camino, no sin que la abuelita se santiguara y rezara un padrenuestro por sus muertos.


Más adelante estaba debajo del cementerio un cortijo de Don Diego Cano, a la derecha de la carretera, y enfrente unos grandes terreros grandes que a mí me daban miedo, pues según mi abuelita era por ahí donde volaban las brujas con sus panderos y devanaderas.

Nos sentábamos y era el momento muy esperado, la abuelita se levantaba una de sus faldas, metía su mano en la faltriquera y sacaba la sorpresa para mí.


Enfrente de nosotros estaban las sierras más cercanas y en primer lugar Los Zoilos una barriada pequeña, más bien era un caserío y para ir a ese lugar había un pequeño puente colgante que atravesaba el río Almanzora, río que casi siempre está seco, sólo acarreaba agua llevándose todo lo que estaba a su lado en las grandes ocasiones de lluvias torrenciales, pero muy de tarde en tarde, lástima decía mi abuelita que no llueva más a menudo.

Después del descanso seguíamos nuestro camino, muchas veces solitarias y otras nos cruzábamos con gente que iban o venían de la estación.

Después de nuestra pausa, un poco más adelante, estaba la carretera que llevaba a la estación de ferrocarril y enfrente, en el respaldo de los terreros, había como una ventanita con una reja de hierro y un hueco medio lleno de piedrecillas. Para mucha gente era un rito el coger una piedrecilla del camino, besarla y echarla dentro de la ventana.

Yo sabía por otras veces que según se decía ahí mataron a un hombre y eso de la piedra era era costumbre por su alma.

Seguimos andando, por la carretera de Alcóntar hasta llegar a la Vega.

Después de la vega, Rambla del Aljibe


La llegada de la abuela era siempre esperada y bien recibida. Los medieros vivían en una casita cerca de la carretera y de los campos que ocupaban. En la entrada había una pequeña plazoleta, un parral que la cubría dando sombra y una mesa y siempre el jarro o pitarro de agua fresca. Al lado y bordeando la carretera iba una hila de agua en los brazales para el regadío. Mientras ellos hablaban de las tierras, de cómo sería la cosecha yo me entretenía cerca del agua pues el arrullo de oír y ver correr el agua era para mi misterioso. Todos me recomendaban:

-"Cuidado, no te acerques mucho, no vayas a caerte".

Una vez terminada la gestión que la abuelita tenía que hacer, juntitas otra vez regresábamos al pueblo, generalmente calladitas pues estábamos cansadas.



Pero otras veces en nuestra marcha para casa teníamos muchas cosas que decirnos y yo una vez le pregunté:

-"Abuelita ¿es verdad que a mí me encontrasteis en la puerta de la Iglesia?"

-"Pero no hija mía, tú eres como los otros, de tu papá y tu mamá, nuestra, y aunque a ti no te lo parezca, te queremos mucho. ¿Quién te pone esas ideas en la cabeza?"

-"Todos, abuelita, todos dicen que soy tan fea, que no saben de donde salí."

-"Bueno no le hagas caso. Es para hacerte rabiar. Si bien es verdad que estás flacucha, pero tienes unos ojos tan vivos que prometen. Tienes que comer mucho y todo se arreglara. No les hagas caso."

Para quitarme esas ideas de la cabeza me decía:

-"Mira como los cables van hoy más deprisa"

Eran los cables aéreos que bajaban el mineral de la sierra a la estación y en ciertos momentos u horas del día, los baldes cargados a tope hacían el “ir y venir”, unos bajaban y otros subían. En aquella época las minas funcionaban al máximo rendimiento.



Mucho tiempo después yo supe y comprendí todos los acontecimientos que pasaron en nuestra familia.

Paco era el cerebro y él que con mamá dirigía lo que se podía hacer. Juan, ya fuerte, ayudaba.

Habían intentado varios negocios. Pusieron una tienda de comestibles que no les resultó, pues la gente no pagaba lo que compraba y difícilmente se recuperaba.

Dejaron la tienda y compraron un rebaño de cabras lecheras que Juan y un hombre pastor llevaban y mamá y Encarna ordeñaban y se vendía la leche. La que sobraba hacían queso. Pero Paco estaba siempre al tanto de todo y muchas veces cuando ocurría algo desagradable, por ejemplo una cabra o una cabritilla que se dañaba o que moría, se hacía lo posible para que Paco no se enterase, pues tomaba los intereses tan en serio que sufría y cuando eso pasaba todos guardábamos silencio.

María en 1924

María, foto de mayo de 2008

María Martínez Sorroche

(El texto esta extracto del segundo capitulo de sus memorias "La vida de una Vida", Las fotos de color son de Fredy)

Nota de Fredy Martínez

Maria Encarnación Pozo Domene nació en Serón en 1854, hija de José Manuel Pozo Martínez y de Antonia María Domene López. Se casó con Juan Sorroche Vega (nacido en 1848). Dio luz a 4 hijos Antonia María (leer la Historia "La muerte en el tren, un drama familiar -1902-"), Dolores, Paquito y Ángeles la madre de María (7 de octubre 1881).


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