Las familias "Pilila" y "Manolos"

Las familias Pilila y Manolos vivían en un callejón del Barrio Hondo, detrás de la casa de Pedro "el Carpio".

Eran de lo peor que se conocía, claro muy pobres pero algo rateros, sucios y mala lengua. Es decir siempre con peleas entre ellos y aparte de la gente que se decían normales. Tenían varios hijos pero dos chiquillas, ya casi mocitas, que siempre iban haraposas, peleándose y echándose maldiciones. Un buen día mi abuelita "La Mamachón" venía de la huerta pues ella siempre se ocupaba de ver si todo iba bien y si los jornaleros tenían cuenta de lo que ella había dicho por la mañana.

Para ir a la huerta se podía por dos caminos, la ramblilla y ermita de San Marcos o por el Chorrillo. Por este último era más corto aunque no era nada agradable, sobre todo la primera cuesta. La gente solía tirar todo lo más desagradable y los crios hacían allí sus necesidades.

La abuelita, una señora de ringo y rasgo, muy católica y muy educada (sobrina de don Epifanio del Pozo), un día subiendo la tal cuesta, se tropezó con una de las chicas de la Pilila. Esta llevaba en las manos un gato muerto para deshacerse de el e iba cantando una canción que la abuelita encontró tan sucia y escandalosa que no pudo contenerse. Quiso darle una lección de moral.

La jovencita la escuchó y luego le dijo:

-"¿Y a usted que le importa?" y no dejó que le contestara, y añadió:

-"¡Cállese usted tía Alcornoque!".

Cuando la "Mamachón" llegó a casa, iba para que le dieran los santos óleos. Mi madre se asustó:

"¿Pero que le ha pasado?, ¿algo en el campo?

-"No hija, no, pero estoy indignada. ¿Cómo puede ser que existan niños tan mal educados y padres que los descuiden así?“

Le relató el acontecimiento y los modales de la niña que iba cantando canciones cochinas.

-"Bueno madre, tranquilícese usted. Sabe muy bien que esas familia son así y, digo ellos por que también los Manolos tienen esos modales, no se le ocurra regañarles cuando los encuentre de nuevo y que se lleve usted otro disgusto. Acuérdese de lo que le paso con Maria Dolores"

Era otra mujer muy descarada y la abuelita la reprimendaba cada vez que la encontraba. María Dolores no era ni gandula ni sucia. También trabajaba mucho, al contrario: lavaba, planchaba para los pudientes pero era frescota en su manera de hablar y la abuelita le tenía rigor.

Un buen día cambio de actidud y le perdonó sus maneras ordinarias.

Pasó lo siguiente: llegó al pueblo un cura joven y guapo, Don Federico, y esto fue como un revuelo de palomas.

Empezaban las novenas de San José, aun me acuerdo de los cantos

"Oh José de la iglesia piadoso,
Padre amante de su fundador,
No nos dejes en triste abandono,
sálvanos del impío furor,
Del impío furor"

Bueno, empezaron las mocitas a frecuentar la iglesia más asiduamente, luego las flores en el mes de mayo en la ermita de la Plaza Arriba. Las señoritas le invitaban en las casas y se hizo muy popular. La verdad es que era muy simpático, lo mismo con los niños y los ancianos.

Pero de algo se enteró el obispado y de la noche a la mañana, orden de cambio le llegó. Él se despidió de sus feligreses desde el púlpito. Cuando fue a coger el tren, medio pueblo lo siguió protestando. Entre la gente iba María Dolores y entre los chiquillos nuestro Rogelio, mi hermano pequeño. Por casualidad el río llevaba bastante agua y el puentecillo no resistió a tal avalancha.

María Dolores pescó a Rogelio antes de que tocara el agua, le cogio de la mano sin soltarlo hasta que se marchó el tren y entonces se lo entregó a la abuelita. Esta empezaba a reñir al crió y le dijo:

-"Tú eres aun muy chiquitito para esos paseos".

-"¡Pero esta mujer me sacó del agua y no me pasó nada!"

La abuelita se quedó asombrada pues María Dolores tenía tan mala fama que nadie pensaba que era una buena persona con muy buen corazón y, desde ese día, tuvo en la abuelita su mejor defensora y subió en su estima. Le agradeció una y mil veces su buena acción.

-"Así que madre esos chiquillos, la de los Pililas y la de los Manolos, no han tenido oportunidad en esta vida para educarse y viven como pueden. Ellos se alejaron del mundo en que se vive, si bien es verdad que nadie los atiende."

María Martínez Sorroche


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