Las cuatro estaciones en Serón (1914 - 1924)

Nuestra tierra de la huerta era una tierra buena y fértil de regadío. Había muchos árboles frutales y además cerca de la casa. Así que en esos primeros años de mi vida el campo fue para nosotros fuente de trabajo y alegrías.

Luego en los pueblos con las costumbres que se tenían, cada estación del año traía consigo también sus distracciones y todo era aprovechado.

Invierno

En invierno, el frío que bajaba de la sierra era intenso pero en las casas, a pesar de no tener calefacción como hoy día, se estaba bien, se hacían grandes  fuegos en las chimeneas y un buen brasero en las mesas llamadas mesas camillas. Se vestían con una funda que llegaba hasta el suelo y un buen tapete, estas fundas estaban abiertas en varios lados y como debajo de la mesa había una tarima de madera con el hueco para el brasero, era muy confortable. Levantabas un poco la funda y apoyabas los pies en la tarima y te encontrabas en la “gloria” como se decía allí. El ropaje de esas  mesas era variado según los medios de que se disponía, paño fino o calceta tejida en casa o cualquier otra cosa que se adaptara.

Lo único que mi mama se permitía en su viudez era recibir a las vecinas que venían a pasar la velada en casa, alrededor de la mesa de camilla. Una haciendo ganchillo, otras tricotando medias y mi mama se encargaba de  la lectura para todas.

Estos ratos pasados eran pura maravilla, se escuchaba la voz de mamá casi religiosamente. Leía bien con buena entonación y siempre eran novelas interesantes. Una de ellas aun recuerdo el titulo: “El Tribunal de la Sangre”. Se trataba mucho de la historia de España cuando reinaba el rey Felipe Segundo y España poseía los países bajos. También el Román del comendador de Quiñones y su hija Doña Luz y de Raúl de Lancaster, personajes del libro, nos tenia a todos en vela, esperando siempre lo que seguía.

Creo que ese amor que yo he tenido siempre por la lectura me viene de esas veladas tan íntimas y calurosas que pasábamos alrededor de la mesa camilla.

También se leían, lo que se decía novelas por entregas y que cada semana había un capitulo o dos, una de ellas era la historia de una monjita sor Milagros y unos pilletes de Madrid.

Ya entrado el frío del invierno se preparaba las matanzas y eso eran fiestas formidables. Los vecinos y amigos tomaban parte en todos los trabajos. Las mujeres preparaban las especias para los embutidos y pelar las cebollas y preparar los calderos para cocer las morcillas. Era entonces costumbre de que la mocita de la casa se ponía muy guapa envuelta en un delantal blanco y tenia que asistir al sacrificio.

En un gran librillo echaban un puñado de sal y con una caña especial tenían que menear, a medida que el cerdo perdía su sangre. Creo que era para impedir que la sangre se coagulara, pues esta sangre servía para las morcillas.

Encarna era ya casi una mocita y a ella le tocaba este rito.

Luego durante varios días todo andaba revuelto y se repartía a los vecinos más allegados que habían ayudado parte de los bocados que se consumían primero sin salazón y el día que cocían las morcillas era una fiesta.

Después venían los preparativos de Navidad, y el frío más intenso aun y las heladas, cada gota de agua que quedaba en el exterior estaba convertida en cristal. La abuelita venia a la cama y me decía, tocándome el cuello:

-“Mira hijita, mira que frío hace, espera que yo encienda la chimenea y entonces te levantarás.”

Así era. Cuando nos levantábamos, íbamos todos a la cocina y ella tenía el pan tostado con grasa de cerdo, el café y la leche calientes y ella daba a cada uno lo que necesitaba. A Juan siempre algo de cerdo asado en la brasa, tocino con su corteza, entre dos buenos trozos de pan y nos decía:

-“Juanico ya trabaja y crece mucho, necesita algo mas que café.”

Pero el placer era de estar rodeados de su presencia y cariño.

En la Navidad se hacía en casa lo que era la costumbre: mantecados, rosquillos y un licor llamado mistela. Siempre se preparaba algo para los niños que venían a cantar en la puerta los villancicos y que esperaban el aguinaldo. Entre otras cosas nos daban almendras, nueces y selvas secas, algún rosquillo y a veces alguna “perra” aun que fuera chica (eso era una pieza de cinco céntimos).  La alegría de cantar y de recibir nos encantaba.

En las sierras de las que Serón está rodeado, nevaba mucho entonces y la vida se llevaba despacito, se cuidaban los animales, se reparaban los instrumentos del trabajo, las herramientas. Los hombres trabajaban el esparto haciendo las cuerdas y cintas que necesitaban.

Muchas veces yo me despertaba al son de la maza del vecino, el tío José de la Lina. El esparto es una fibra dura y para trabajarla tenían que machacarla en una especie de piedra dura y una maza de madera para poder trenzar las cuerdas.

Las mujeres se ocupaban de arreglar las ropas y algunas aun tenían telares donde tejían esos hermosos cobertores. Para eso el tío Raspa les teñían la lana y en casa había varias.

Primavera

Después aun se esperaba la semana santa y entonces si que hacían falta los preparativos. Juan era de la Hermandad de San Juan (o sea una cofradía), tenía una túnica blanca con cordones verdes a la cintura y los puños de las mangas y quizás algo más como el capuchón. Claro el era ya un mozo grande y se ocupaba de las “siete virtudes” que eran niñas y, entre ellas, yo. Había la Fe, Esperanza, Caridad, Fortaleza, Virtud, Justicia, Templanza.

Yo, al pasar de mis pocos años, creo que hice tres o cuatro de ellos. Nos vestían según el orden establecido por las damas padronesas. La última vez fui la Fe, vestida de blanco largo hasta los pies, una corona de flores, unas alas , en la mano una cruz y en la otra un cáliz .

Ahora me sonrió, ¡pues quien iba a pensar que aquella niña seria más tarde una revolucionaria de las Juventudes Libertarias y que Juan dejaría la vida, victima de esa lucha fraticida!

Juan se tomaba esto muy en serio y durante la procesión que subía, al salir de la iglesia, la cuesta de la Umbría hasta la plaza de arriba, y cogía el barrio de Bacares para ir al calvario: esto era el llamado, algo así como el monte de los olivos.

Si se tiene en cuenta que Serón esta a 780 metros de altura y al pie de las sierras de los Filabres en el mes de Abril o fin de Marzo, el frío por la mañana era intenso y las niñas que hacíamos las 7 virtudes, la mayor tendría como yo entre 8 y 9 años. Y luego había   niños más chiquitos que vestían de Ángel. Por ejemplo la niña que hacia de “Caridad” llevaba dos niños vestidos de ángel cogidos de la mano y así casi todas las virtudes subiendo las cuestas con las manos ocupadas no podías ni limpiarte la nariz. Y a eso mi hermano Juan se ocupaba de que siguiéramos el ritmo de la procesión.

 Una vez hecho el calvario se bajaba por el mismo camino. Se pasaba por delante del cuartel de la guarda civil, se continuaba el barrio Bacares, se daba la vuelta a la plaza de arriba, se hacía una parada en la ermita de la Virgen de los Remedios y se bajaba por la cuesta Baillo y al terminar la cuesta, se cogía la calle real y esta ya derecha a la iglesia.

Pero en que estado estábamos, pobres criaturas, de frío, de cansancio y de hambre.

Pues durante la semana santa se comía más bien en vigilia, sin carne, ni jamón, ni nada que fuese prohibido por la religión.

 En las casas se hacían muchas comidas con verduras y bacalao y tortillas y unos potajes y papas viejos, una especie de buñuelos con bacalao pero lo único que nos gustaba a los críos eran las natillas y el arroz con leche que sopudraban (sic) con canela. Se ponían en unas fuentes o platos largos todo preparado para el fin de la procesión, cuando llegábamos a casa.

Apenas entrábamos en la iglesia Juan me cogía casi en sus brazos y me decía callandito:

-“Anda Mariquilla vamos a correr que las natillas te esperan en casa”.

Corríamos al Barrio Hondo donde estaba nuestra casa y allí nos esperaban mamá y la abuelita con la mesa preparada.

Que de recuerdos, debo estar ya al fin de mi vida, aun que mi cerebro funciona bien, pero la mano no está segura y a pesar de eso quisiera seguir para dar un empiezo a mis relatos anteriores y decir el porque salimos de Serón.

De la semana Santa aun quedaba el sábado de gloria y el domingo de la resurrección, o sea el domingo de Pascuas, pero ya era otra cosa más alegre: el señor resucitado daba esperanza por lo menos a la primavera (en otro recito hablo de Doña Carmen Corella que con sus manos de hada era el alma de estas manifestaciones.)

Ahora la primavera ya empezada, preparaban las semillas y de eso era la abuelita la que se ocupaba. Juan preparaba el trozo de tierra necesario, y nosotros al salir de la escuela por la tarde llevábamos los cabritillos a despuntar el trigo pero haciendo cuidado de que no hiciesen desgastes. Para eso nos ayudaban los primos hijos de la tía Dolores hermana menor de mi madre (Enrique, Juan Antonio, Ángeles y Paquito).

Y que embriaguez de corretear por la huerta, después de haberte despojado del exceso de ropa con que te cubrían en el invierno. De todo esto me acuerdo muy bien pues yo tenía 9 años. El campo era un esplendor, los almendros en flor, parecía como si la nieve los cubriese. Los granados también empezaban a cubrirse de púrpura. Esperábamos con ansia que se abrieran las flores porque cuando esto llegaba parecían campanillas y te daban ganas de cogerlas, pero nos tenían dicho que eso era sagrado, cada flor es una granada.

Luego, cansados de aire y sol, volvíamos para casa y casi siempre teníamos que llevar a los cabritos en los brazos.

En muchas casas había jardines al interior, me acuerdo el de la señora Matilde una parienta de mi abuelita y el de los señores Oller y de otros muchos ,cuando empezaban a florecer los cilindros esas florcitas blancas, el perfume era  delicioso y siempre que hacías una visita venías con un ramo .

La romería de la virgen de la Cabeza, una ermita situada en una de las sierras mas cercanas era una fiesta, se preparaba unos bollos llamados hornazos donde había en medio un huevo duro ,y eso se comía acompañado del Coello blanco de una lechuga.

Salidos de el invierno tan riguroso esa era una fiesta para poder reunirse y aprovechar del sol.

Evito de hacerme muy larga y dejo mucho por decir.

Después de la procesión del Corpus Christi ya se empezaba a preparar las siegas y luego la trilla.

Verano

Y eso si que era una dicha para nosotros los mas jóvenes, pues ir a las eras del olivar resultaba la distracción más apreciada. Por lo general estos trabajos se hacían entre vecinos. Primero se trillaba la cosecha de uno y luego la del otro, osea que juntaban para pareja las bestias que tenían que pisar la mies para conseguir el grano. Eran trabajos muy duros con el gran calor.

Así que se preparaban buenas y fuertes comidas , y cuando llevaban la comida a las Eras que los críos mas jóvenes nos aprovechamos para comer de todo y hasta nos daban un poco de vino. Juan, hecho un hombre fuerte y bien parecido, venía con la yegua a buscar lo más pesado. Se tenía que llevar el cántaro con agua fresca, el vino, un “porrón”, la olla de la trilla con todo lo que hacía falta, pan y lo que se solía comer en aquella época, que apenas me acuerdo.

Ponía Juan las aguaderas en la yegua y dentro de los cuatro departamentos que tenían las aguaderas, hechos de esparto. Se llaman así por que servían para poner los cántaros cuando se iba a buscar agua a la fuente de Canata, decían que era muy buena.

Una vez cargada la yegua Juan se montaba, me cogía a mi delante y me parecía ese camino el del paraíso. Salíamos de casa, subir un poco de cuesta, coger la calle San Marcos, bajar el Barrio Hondo, pasar por la casa del Sota y en frente Pedro el Carpio y ya bajando la de la señora Natalia y al final la de Luís el Cuco.

Entonces se cogía la ramblilla que bajaba del Olivar y que pasaba por la ermita de San Marcos. Aun faltaba un poco para cruzar la carretera y entonces se veían los sifones y el camino de las eras.

Encarna y la abuela con algún primo venían andando detrás. Luego se adelantaban para buscar el sitio mejor para comer.

Juan me tendía los brazos y decía:

-“¡Anda trigenia que ahí no estarás cansada, salta ya de una vez!”

Pero que felicidad, el viaje en lo alto de la yegua y Encarna algo enfadada por que había tenido que andar.

Extendían el mantel, empezaban a preparar los manjares y mientras se comía, los animales reposaban con un buen pienso. La abuelita se enteraba si la cosecha era buena, cogía un puñado de trigo en su mano, lo olía y llevaba algunos granos a su boca, creo que así podía saber de su calidad.

Si salía buena, Paco sobretodo era el mas satisfecho y los demás íbamos a su ritmo, pues cuando el estaba contento resultaba un buen señal de que las cosas iban bien. A pesar de su invalidez mi hermano mayor Paco montado en su burra tomaba parte a todas las actividades. Nosotros los pequeños, en las eras, sentados todos en redondo comíamos de todo e incluso nos daban vino.

Mientras ellos hacían un poco de reposo nosotros corríamos por todas las eras y entrábamos en el cortijillo, una especie de casucha que solo tenía una rústica habitación quizás para colocar los aperos y guarecerse de una hipotética lluvia.

Nos adelantábamos hasta el borde y desde ahí veíamos al barranco Mauricio que nos daba miedo, por que decían que ahí tiraban a los animales que morían. Pero desde arriba se veía el verdor de el cañaveral y se sentía el piar de los pájaros. Este barranco bajaba de la rambla de Canata, donde había una fuente buenísima y el barranco se juntaba con el río.

Todo esto en el verano son paisajes secos, el sol emblanquece todo y las sierras parecen dormidas y los humanos en esas horas del día también. Suerte que debajo de las eras, por el lado izquierdo están los huertos y los árboles verdean algunos cargados de frutos y los granados empiezan ya a pasar su linda flor en frutos.

Una vez terminada la comida y el descanso Juan nos llevaba a casa y entonces el iba a pie y nos cargaba a todos en la yegua pinta.

El volvía a su trabajo y nosotros cansados de aire, sol, comidas y juegos nos íbamos a descansar. La abuelita nos decía si queréis volver mañana, tenéis que echar una siestecita.

Como digo, el verano era la época del año donde las fiestas baten su plena alegría y en Serón el día 15 de agosto fiesta de la virgen de las Remedios era y es hoy día muy celebrada.

Sobre todo los jóvenes, yo recuerdo lo feliz que me sentía de estrenar zapatos y vestido nuevo y montar en los columpios, comer dulces, limón granizado de avellana, y la música y los bailes donde los mozos y las mozas lo pasaban bien, yo no puedo recordar si Encarna, mi hermana, era bailadora y aunque ella tenia cinco años mas que yo, es probable que aun no tuviese permiso para bailar.

Un año antes de marchar de Serón, mi mamá y Encarna fueron a Águilas a tomar baños de mar y a mi me engañaron y me llevaron casa de una tía que tenia un cortijo en El Higueral y dos primas, mozas y guapas y muy simpáticas. Ellas habían estado en la Argentina y me contaron mucho de ese país. Vinieron a España, por que el padre se puso enfermo y dijo que el se quería morir en su pueblo y en España.

Siempre he sido algo tonta y para consolarme me trajeron unas alpargatas bordadas con una rosa de color rosa.

Otoño

Después en el otoño también la vida se ocupa y los jóvenes buscan distracciones de todo tipo. Cuando era el día de Santa Lucia se buscaban zarzales y se hacían, por la noche, grandes fuegos y se quemaban las cosas que estorbaban y hacían hachos con hierbas y paja muy apretada con unas cuerdas, dejando un cabo para cogerlas y se prendía fuego. Le dabas vueltas teniendo cuidado de que no te tocaran.

Cuando se entraba el maíz y se tenía que limpiar la panocha (mazorca) de las palfollas (sic), los vecinos te ayudaban. Con la juventud se contaban chistes y cuentos y los de la casa siempre sacaban algo bueno para comer y beber. Con el maíz se hacían flores. Si salía un grano negro se daba un pellizco a la chica que tenias al lado y un besito si era un grano de otro color que el normal.

El maíz ya recogido, despalfollado, y todo bien en orden, se escogían las palfollas mas blancas y finas y con estas se llenaban colchones que se ponían en las camas, debajo y luego uno de lana encima. Era la costumbre y se dormía bien. (Esta tradición esta bien expuesta en un articulo que leí después, firmado por María Isabel García Sánchez, de la revista Al-Cantillo de diciembre 2003, el número 22 página 34).

Luego se preparaban las mantas y los sacos y todo lo necesario para la cosecha de la oliva (aceitunas). El tiempo ya empezaba a ser fresco pero todos íbamos, los pequeños después de la escuela, y ayudábamos a recogerlas.

Se ponían las mantas y jarapas que eran tejidos con toda clase de telas aprovechadas de recortes y restos de toda clase de trapos muy útiles para esta y otras muchas necesidades.

Como siempre era la abuelita la que ordenaba todo.

Los hombres sacudían los árboles con cañas o varas largas hasta la copa de los olivos y era, para nosotros los pequeños, algo divertido el ver caer las olivas tan lucientes brillantes algunas con listas moradas aun no maduras del todo  y otras con un ramito de hojas verdes de un lado  y del otro plateado y rugoso .

Nosotros corríamos de un lado para otro recogiendo las que caían fuera de las mantas y quitando las hojas todo esto con algarabía, alegría y alguna que otra reñía de la abuelita.

Para estos trabajos colectivos siempre había amigos o vecinos que, como se decía allí, te echaban una mano.

Siempre había momentos de descanso sobre todo a la hora de las comidas que todos en coro alrededor de las mantas se repartía la tradicional comida de “fiambres” para nosotros los mas jóvenes eran momentos esperados pues el buen jamón, los chorizos, las tortillas y alguna gotita de vino del porrón. Nosotros le esperábamos con alegría y impaciencia .

Luego terminada la recogida se llenaban los sacos y estos iban derecho a la almazara y allí esperabas tu turno.

La almazara estaba en la Cuesta de los Muertos. Yo en aquella época de mi tierna infancia no sabia la historia de esta cuesta muy pendiente, situada al lado derecho de la iglesia y que después se llamaría Don Juan de Austria en memoria a los combates durante la rebelión de los Moriscos en 1570. Esta bajaba a la carretera que viene de Tíjola a la estación, al lado de la venta del tío Alfredo primo de mi papa.

Cuando nos tocaba nuestro turno, la abuelita se ocupaba y yo como siempre con ella.

 Era algo mágico de mirar el funcionamiento de esas prensas que hacían turnar los hombres y de ver las olivas convertirse en aceite. Este salía de un color entre verde y dorado y a medida que seguían apresando mas y mas el chorro disminuía de fuerza y seguía gota a gota hasta desaparecer.

Entonces quitaban las arandelas, grandes como las ruedas de los molinos y aparecía una pasta oscura de color negruzco, un poco como el vino tinto que se llamaba pinuelo. Era los residuos de las olivas, las pulpas y los huesos que se conservaba para la comida de los cerdos una vez secos.

En el momento que caían las últimas gotas, sacaban unas rebanadas de pan y gustaban si el sabor era conforme. La abuelita era una de las primeras en degustar si el aceite estaba como ella quería, luego preparaba un trozo de pan y, bien impregnado me lo daba:

-“Anda María prueba tu también para que te acostumbres.”

Siempre en la primera presión el aceite puro tiene un sabor fuerte, pero era tan bueno de pensar que venia de las olivas que habíamos cogido nosotros en la huerta del Olivar. Que alegría y gusto de morder la rebanada de pan con el aceite que salía de nuestros olivares.

Hacían varias presiones para que el aceite sea más refinado pero el más gustoso y sabroso es la primera.

Hoy pienso que nuestra infancia fue feliz y que nos permitía de ver y vivir la vida con todas sus riquezas y también las tristezas pero saboreando todo lo que esta trae de enseñanzas.

Si preguntas hoy a un niño de las ciudades sobre el aceite, sobre las granadas, de que manera se sacaba la harina, claro te dirán del olivo, del trigo y de un árbol sin pensar en todo lo que esto suponía de trabajo y organización en aquellos tiempos.

Miles de cosas vividas en mi tierna infancia acuden a mi mente, un recuerdo detrás de otro.

Por ejemplo el maíz o panizo, las olivas y la uva son cosechas de otoño. En casa, en la huerta había algunas parras, se recogía la uva que no era de mesa y mezclaban con higos secos y de esta mezcla salía aguardiente. Esto se hacía en una casa que tenia alambique, situada en la acequia donde estaban los lavaderos y ese camino te llevaba para la alconazia y para la sierra, venia a coger el barrio de Bacares detrás de la plaza de arriba.

Bueno yo también fui alguna vez con la abuelita. Era siempre ella que se ocupaba de estos quehaceres porque mamá estaba encerrada con su reclusión voluntaria y su duelo.

El aguardiente que resultaba de esta mezcla era más suave debido a los higos y en casa servia para dar a los jornaleros una copita por las mañanas. Había unos grandes tarros de cristal con uvas que habían macerado dentro. Mamá pinchaba una uva con una aguja de tricotar, sacaba un grano y lo ponía en cada copa. Los jornaleros apreciaban esto y nosotros pedíamos una uva que no siempre conseguíamos pero que cuando nos daban nos parecía deliciosa.

En casa siempre había trabajo para preparar las frutas para el invierno.

En el huerto del Olivar los manzanos daban un fruto muy bueno. Estos se recogían a la mano para no dañarlos. Se limpiaban con un trapo limpio y cada manzana se envolvía en un papel de periódico y se guardaban en una mesa la una al lado de otra.

En el techo de la solana se colgaban ramos de cuatro o cinco granadas con una cuerdita de esparto como así los racimos de uva. Además, había higos secos en abundancia, almendras en un bidón de carburo vacío, y bien lavado.

Todo esto se consumía en el invierno así como las hortalizas preparadas en el verano (pimientos, tomates secos).

Maria Martínez Sorroche

(Francia, escrito en  1999)

(Foto de  enero 2007)



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