Las escuelas y los castigos (1920)

Estos días recordando cosas y hechos me doy cuenta que no hablo nada de nuestra escolaridad.

Mi hermana Encarna debió dejar la escuela a los 12 o 14 años y entonces la pusieron con un sastre que tenia un comercio de ropas y al mismo tiempo el confeccionaba los trajes. Este señor estaba casado con la sobrina también de Doña Carmen Corella, hermana del del Pinar. Esta señora muy guapa y simpática era la jefa del taller, se llamaba Carmina, alguien se debe acordar en el pueblo. Encarna aprendió allí a coser pantalones. Además, ayudaba a mi hermano Juan por las mañanas a vender la leche de nuestras cabras. Juan las ordeñaba y ella vendía la leche o la repartía por las calles, eso era entonces la costumbre que las cabras se ordeñaban delante de los clientes.

En lo que a mi se refiere yo fue a la escuela publica hasta los 9 años.

Las clases y las maestras

En aquella época había un grupo escolar con tres maestras. Para los más pequeños Doña Paquita, luego la clase media Doña Araceli y la de los grandes Doña Paca, esta señora casada con Don Manuel Molina, algo pariente nuestro, que el era el maestro de los niños.

Esta escuela estaba en una de las entradas del Barrio Hondo, debajo de la barandilla de la calle Real, al lado de la casa de José Ugran también pariente nuestro.

Bueno el edificio de las escuelas estaba situado encima de la ramblilla y de sus huertos.

La clase de Doña Paquita daba directamente a los huertos y las ventanas quedaban altas, acristaladas y con rejas de hierro.

A mi me encantaba pues cuando levantabas la cabeza siempre veías las hojas de los árboles estremecerse, y eso te distraía tu atención y la maestra reñía.

Después pase donde Doña Araceli y, en esa clase, aún tenias mas y mejor vista a la verdura. Los copos de los árboles llegaban a las ventanas. En el buen tiempo era una buena distracción.

Pero Dona Araceli era muy severa y nos solía castigar. En una clase había una puerta cerrada y siempre tenías miedo pues era la de la bodega y el castigo consistía a estar un rato en la oscuridad encerrada, sin luz .Yo hice la experiencia una vez y procure que no ocurriera más.

Cuando entrabas en la escuela directamente en la clase de Dona Paca pasabas por delante de su mesa y bajabas la escalera para ir Dona Araceli y para ir a la pequeña clase pasabas por delante.

Eso por que el edificio era así: entrabas a nivel de calle y luego bajabas, como en algunas casas del Barrio Hondo, como si fueran terrazas como los huertos del olivar.

Es posible que fuera muy espabilada pues un día me encontré en la clase de los grandes, Claro en la sección de los pequeños ya que Dona Paca tenía su clase en tres divisiones .Hoy recordando esa época pienso que fue una buena maestra y que su método para la lectura era buenísimo.

En la gran pizarra que estaba detrás de su mesa, marcaba:

"Hoy lectura para la segunda o tercera división".

Cuando era la que me correspondía, me acercaba con las otras niñas a la gran mesa que le servia de escritorio a esa sección. Éramos unas 8 si no faltaba alguna. Nos decía libro de lectura "La Flora" página tal y todas abríamos nuestros libros con mucha atención pues sabíamos que había una trampa, ella designaba la que tenia que empezar y cuando menos te lo esperabas decía:

-"Ahora sigues tú".

Los castigos

Eso nos obligaba a poner atención y evitar el castigo.

En aquella época en las escuelas se castigaba, cada uno tenia su método, las palmetas en la palma de la mano era lo mas corriente, con una palmeta de madera, esta tenia un mango con la forma redonda que cubría toda la mano y que hacia mucho daño.

Pero el método de Dona Paca era otro: te hacia poner de rodillas en frente de la puerta con los brazos en cruz y un libro en cada mano.

Eso a mas de ser duro, era muy temido por la vergüenza que causaba.

En nuestros libros de lectura, La Flora y La Perla, los protagonistas principales eran dos niñas bien educadas y primorosas.

Don Manuel Molina, el maestro de los niños estaba algo distraído y a veces tenia conflictos con su esposa referente a su enseñanza.

El libro de lectura de los varones era El Quijote.

¿Bueno que podía saber uno? Leer y escribir, sumar, restar, multiplicar, las capitales de España, los ríos, creo que para aquella época se pensaba que era bastante.

Yo tenía algunas amigas en la escuela: una de ellas era Encarnita Pérez la hermana de Diego Pérez y otra Kika Domeme y también Maria Arnedos Vergara.

Una escuela privada

En lo que se refiere a mi hermano Rogelio, como era tan joven, mamá quiso tenerlo mas cerca. Don Elías, el sacristán, y su hijo Paquito tenían una escuela privada en frente de casa (donde por ultimo Vivian el Tío Serafín el Perdis y su hija Remedios de Apolonia con su esposo Diego Pérez).

En el local de las clases había dos ventanas con rejas que daban a la calle. Claro es que desde nuestro balcón se veía todas las clases y todo lo que pasaba. Eran buenos profesores pero severos en el castigo. Pobre de el que no sabía sus lecciones. En el buen tiempo los chiquillos al salir de la escuela se escapaban y corriendo iban a bañarse a las fuentes o mejor dicho a las balsas que eran reservas de agua para el regadío. Había por lo menos tres: una en frente del cementerio, otra a la que últimamente llamaban "de los Bernardos’" y que estaba al termino del Olivar, se tenia que pasar delante del molino que fue del Tío Enrique "Patitas", primo hermano de nuestro padre y otra llamada la "fuente de los Ratas".

Los padres tenían mucho miedo pues eran peligrosas y el peligro de que se ahogaran.

Claro, al otro día, las lecciones estaban en el olvido y los castigos empezaban.

Muchos palmetazos, se veían y oían a los críos llorar, pero entonces a esto los padres, no le daban importancia y si el niño se quejaba, decían:

-"Es por tu bien, para que aprendas y mas tarde seas un hombre de provecho".

Un buen día, Don Elías mando a uno de los grandes a preguntar porque nuestro Rogelio no estaba en la escuela.

Enseguida mama y la abuelita se alertaron y mandaron a Juan, siempre con el miedo de las balsas.

Juan era ya un mozalbete grande y fuerte, y Rogelio un crío de seis años. Buscó por todas partes y empezaba a estar inquieto, cuando se encontró con un conocido, que le preguntó:

-"¿Qué haces por aquí a estas horas Juanico?

-"Pues estoy buscando a mi hermanillo Rogelio que hizo una escapada".

-"Puedes ir a los huertos del olivar, yo lo vi por la ramblilla cuesta arriba".

Nosotros teníamos en ese llamado Olivar unos huertos que se situaban a los últimos y ya tocando a la acequia de regadío y estos daban salida al cuartel de la guardia civil y a los primeros montes de las sierras. Eran huertos en terraza y había multitud de árboles frutales. Nos gustaba mucho ir, pero nunca a solas, siempre la abuelita nos acompañaba.

Bueno Juan lo encontró sentado debajo de un árbol, su cartera con los libros encima de las rodillas, más bien asustado.

-"¡Vaya, vaya, eso hacen los niños mal educados y le dan tormento a sus mamás, a su abuelita y a sus hermanos mayores! Ahora como castigo te voy a amarrar con esta soga y para que vean lo que has hecho y que se te quiten las ganas de empezar otra vez".

El crío bajó la cabeza, puso sus brazos a lo largo de su cuerpo mientras Juan le ligoteaba dejando un cabo del que tiraba de él. Debió pasar un calvario con el espectáculo y, cabeza baja, siguió a su hermano por todo el pueblo.

Cuando llegaron a casa mamá estaba nerviosa y quizás lo hubiese castigado, pero la abuelita lo cogió bajo su mando, le quitó la soga, le enjugó el llanto y lo estrechó contra su pecho:

-"Ahora hijo mío cuéntame por qué te escapaste de la escuela".

Entre sollozos, contestó:

-"Abuelita, yo no me escapé, es que no fui".

-"Bueno y por qué no fuiste, Don Elías mandó a un muchacho para avisarnos ¿Que habrías hecho tu solo tan pequeño en esos huertos tan lejos de casa, dime por que no fuiste a la escuela?

Con dificultad por su llanto dijo:

-"Anoche nadie me revisó las lecciones y yo no las se bien y tuve miedo que me castigaran con la palmeta o que me encerraran en el cuarto oscuro"

Esto tuvo sus consecuencias, a Juan le regañaron por su severidad ya que Rogelio avergonzado no quería salir de casa y se pasó muchos días con su libro de lectura detrás de los mayores para que le ayudaran.

Por los años 1910-1912: mis hermanos mayores. Juan muerto en 1938 durante la guerra civil y Francisco (Paco) inválido de la poliomielitis que dio clases en nuestra casa de la placeta del pilar.

Mi hermana Encarna.

María Martínez Sorroche (Francia, 2004)


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